Isidre Nonell mirando a Goya
El Museo Lázaro Galdiano y la Colección Casacuberta Marsans presentan en Madrid la exposición "Isidre Nonell mirando a Goya"
EnlaceMyriam BO
Dos artistas separados, Francisco Goya e Isidre Nonell, por más de un siglo se encuentran y dialogan de una manera muy similar de entender la pintura y una misma sensibilidad hacia lo marginal y lo trágico frente a las convenciones estéticas y morales de su tiempo.
La muestra recoge las piezas más significativas del Nonell más íntimo: cinco dibujos con su singular acabado y color envejecido, conocidos como “fritos”, y siete óleos, entre los cuales se encuentran los primeros retratos de gitanas.
Todos ellos junto a las obras de Goya del Museo: El Aquelarre o Las Brujas, entre otras.
Isidre no exponía en la capital hace más de 20 años y nunca antes “mirando a Goya”, con estas significativas piezas que por primera vez se podrán ver reunidas en Madrid.
Una muestra que se puede disfrutar hasta el 18 de enero, en las salas Goya y Arte Invitado del Museo Lázaro Galdiano.
Una invitación al espectador para “descubrir cómo el eco del aragonés late en la modernidad del catalán", señala la directora del Museo, Begoña Torres, una de las comisarias de la exposición. Por ello, situar a Nonell física y atemporalmente junto a Goya no es un gesto casual, sino “la revelación de una conexión profunda que, como una corriente silenciosa, nos trasmite una forma de entender la pintura como espejo del alma, una manera de mirar al ser humano desde su propia soledad. Pero también desde la compasión, la verdad y la rebelión, testimonio de una conciencia crítica frente a la hipocresía social”, afirmó.
“Isidre Nonell creó un universo pictórico protagonizado por personajes desarraigados y marginales a los que dotó de gran dignidad y belleza, ofreciendo su representación a la misma sociedad que los rechazaba”, comentó Nadia Hernández Henche, conservadora de colecciones y también comisaria de esta singular selección.
Los ‘fritos’ de Nonell
La exposición que se presenta en el Museo propone, así, un diálogo intertextual, “un fenómeno de transferencia cultural, estilística e intelectual que tampoco pasó desapercibido a la crítica de su tiempo, especialmente cuando se expusieron los impactantes dibujos de la serie de ‘Cretins de Boí’ que realizó en 1896’”, declaró Torres. En el verano de 1896, el artista –que había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona hasta 1895, y posteriormente en el taller del pintor Lluís Graner– dibujó a los habitantes del valle de Boí afectados de cretinismo, abandonando el paisaje que en un principio cultivó en La Colla del Safrà (La Cuadrilla del Azafrán) –un grupo de artistas que pintaron los alrededores de Sant Martí, plasmando una visión realista y suburbial que contrastaba con la tradición del paisaje romántico– y centrándose a partir de entonces en la figura humana, sobre todo en la de los más desfavorecidos. “Este hecho fue trascendental en la trayectoria del pintor, activando el interés por el submundo de la marginalidad. Un interés que vertebraría toda su creación y definiría un estilo innovador, propio, original y moderno”, señaló Hernández. Y más allá, una visión transformadora que proponía un modelo de belleza artística a partir de la fealdad y de lo grotesco, el mismo que inspiró las brujas y monstruos de Goya, con los que convivirá en el Museo Lázaro Galdiano al lado de El Aquelarre o El conjuro, entre otras.
La obra Mendigo (lápiz litográfico y acuarela sobre papel), realizado mediante técnicas tradicionales a través de las cuales Isidre Nonell – perteneciente al grupo “Els Quatre Gats” junto a Pablo Picasso y Santiago Rusiñol, entre otros, y adscrito a la estética de “La España negra”, que compartió con Darío de Regoyos, José Gutiérrez Solana, etc..– transmite, del mismo modo, la expresividad de los desarraigados personajes que representó hasta el final de su vida.
En esta muestra también se encuentran representados los primeros retratos al óleo
de gitanos pintados por Nonell, aquellos que fueron presentados en la primera exposición del artista en la Sala Parés de Barcelona en 1902: Gitana y Busto de gitano, que “ofrecían una visión alejada del exotismo, genuina y moderna, que fue reconocida por una pequeña parte de la crítica, quien afirmó que ‘si no fuera porque tiene toques de Goya y pinceladas a lo Rubens, lo señalaríamos como el mejor de todos” apuntó Hernández. También se encuentran Gitana y Melancolía (1903), de su segunda exposición en Barcelona, y Busto de gitana (1904), un óleo sobre tabla pintado sin preparación tradicional “donde el artista experimentó con el pincel un punteado, generando originales empastes verticales”, detalló Hernández.
Completan la muestra Gitana y Angustias (1907), que corresponden a un momento de transición en el que el pintor comenzó a representar también mujeres de tez blanca en composiciones inundadas de color y una luminosidad que modela las imágenes.
Cada uno de sus retratos de gitanas manifiestan el respeto que Nonell profesaba a sus modelos, cuyos nombres solían titular los lienzos. En 1910, las Galeries Laietanes del Faianç Català realizaron una muestra retrospectiva con más de 130 óleos,
además de los dibujos, cuyo éxito rotundo fue truncado un año más tarde por la prematura muerte del artista a los 38 años, a causa de unas fiebres tifoideas.
Audaz observador de la realidad e innovador, tanto en la elección de temas como en su ejecución, Nonell lo hizo transgrediendo las convenciones y, a veces, pagando un alto precio emocional: “Yo pinto y basta”, decía. Por eso, “Isidre Nonell mirando a Goya” es una manifestación de que “ambos artistas poseen una concepción moral y ética del arte basada en la idea de que la misión de la pintura no es únicamente la de embellecer la realidad, sino la de dar forma visible al sufrimiento humano”, reflexiona Torres.