El principito: el libro infantil que nunca fue solo para niños
El principito, el relato de Antoine de Saint-Exupéry que la típica cita de taza ha simplificado y que resulta mucho más extraño y triste de lo que se recuerda.
Pocos libros han sufrido tanto con su propio éxito. El principito se ha convertido en material de tazas, camisetas y tarjetas de felicitación, y una sola frase, la de que lo esencial que es invisible a los ojos, ha acabado por resumirlo en la cabeza de mucha gente. El libro real es más extraño, más divertido y bastante más triste que su merchandising.
El arranque no tiene nada de dulce. Un piloto se estrella en el desierto del Sáhara, con agua para ocho días y una avería que no sabe reparar. Allí, en mitad de la nada, aparece un niño rubio que le pide, sin más explicaciones, que le dibuje un cordero. Las conversaciones de los días siguientes componen el libro: el niño cuenta de dónde viene, un asteroide minúsculo con tres volcanes y una rosa, y qué vio en los planetas que visitó antes de llegar a la Tierra.
Esos planetas son la mejor parte. En cada uno vive un adulto solo, atrapado en su propia lógica: un rey que da órdenes a quien no gobierna a nadie, un vanidoso que solo oye elogios, un hombre de negocios que cuenta estrellas para poder decir que son suyas. Saint-Exupéry no los ridiculiza del todo; los mira con una mezcla de burla y lástima que impide que la sátira se vuelva cruel. El hombre de negocios, que suma y anota sin levantar la vista, resulta hoy incómodamente reconocible en cualquier oficina llena de paneles de métricas: contar en lugar de mirar.
El libro tiene además un elemento que se olvida al citarlo: los dibujos son del propio autor. Sus acuarelas torpes y luminosas forman parte del relato y a veces lo contradicen, empezando por la primera, esa serpiente que se ha tragado un elefante y que todos los adultos confunden con un sombrero. Conviene elegir una edición que las conserve, porque sin ellas el texto pierde la mitad de su gracia.
También se olvida el contexto. Saint-Exupéry lo escribió en 1942, exiliado en Nueva York, con Francia ocupada y la aviación militar vedada por su edad. Leído así, el desierto deja de ser un escenario pintoresco: es el lugar donde un hombre varado espera un rescate que quizá no llegue. La famosa lección del zorro, la de que uno se hace responsable de lo que domestica, suena entonces menos a frase bonita y más a inventario de lo que se ha dejado atrás.
No todo se sostiene igual. La ronda de planetas se vuelve algo repetitiva hacia el final, y en dos o tres pasajes la moraleja se enuncia con una claridad que el resto del libro no necesita. La rosa, caprichosa y exigente, es el personaje que peor ha envejecido, y hoy cuesta leerla sin cierta incomodidad.
Lo que no se ha gastado es el final, que vuelve amargo todo lo anterior y que muchos lectores adultos recuerdan mal, porque de niños no lo entendieron. Ahí está la clave de su permanencia: se lee en una tarde, a los ocho años y a los cuarenta, y no es el mismo libro.
Sobre el autor
Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, 1900 – Mediterráneo, 1944) fue piloto antes que escritor, en una época en que volar seguía siendo peligroso. De esa experiencia salieron Vuelo nocturno y Tierra de hombres. En 1935 se estrelló en el desierto de Libia y sobrevivió varios días, un episodio que está en el origen de El principito, publicado en Nueva York en 1943. En julio de 1944 despegó en una misión de reconocimiento y desapareció sobre el Mediterráneo. Los restos de su avión no se localizaron hasta más de medio siglo después.
Para seguir con la serie: El túnel, de Ernesto Sabato, otra novela breve sobre la dificultad de entenderse, y Rebelión en la granja, de George Orwell, otra fábula aparentemente sencilla escrita para adultos.