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Campanas, memorias del pasado

  • Patio interior de la Casa de las campanas, un edificio histórico con muros amarillos, marcos de piedra, vigas de madera y una escalera central.

Las campanas han moldeado la historia y el paisaje sonoro en México. Un análisis sobre su valor cultural, simbólico y la urgencia de preservar este legado patrimonial.

La etimología de la palabra Campana proviene del latín tardío campāna, “recipiente de bronce de Campania”' y ésta, a su vez, abreviación de vasa campana “recipientes de Campania”, de acuerdo a la RAE. 

La campana como instrumento musical se utilizaba para celebrar; avisar de algún peligro, anunciar alguna muerte, llamar a la gente o indicar momentos de oración.

Antes de la expansión de los relojes y los sistemas de alerta, los toques funcionaron como un medio de comunicación capaz de anunciar rituales, emergencias y acontecimientos políticos con repiques sucesivos.

Las campanas elaboradas de diferentes materiales son testigos sonoros de la historia. Constituyen archivos del pasado que ayudan a comprender prácticas culturales y entender la organización social de otras épocas, sostuvo Luis Armando Quintanar Basurto, historiador y catalogador de bienes culturales, en el conversatorio Letras históricas en campanas.

En la Casa de la Primera Imprenta de América de la Universidad Autónoma Metropolitana en Ciudad de México (UAM), el especialista destacó el valor histórico, simbólico y público de estos bienes culturales, cuyas inscripciones, sonidos y usos conservan parte de la memoria compartida.

Además de señalar el paso del tiempo, durante siglos regularon el ritmo de la comunidad, difundieron noticias, acompañaron celebraciones y contribuyeron a construir identidad en pueblos y ciudades.

Por su parte, el maestro Alejandro Hernández García, titular del recinto, recordó que el inmueble funcionó como taller de fundición en el siglo XVI, por lo que fue conocido como la “Casa de las Campanas”. “En este sitio se moldearon algunas de las primeras destinadas a la Catedral Metropolitana y a templos novohispanos”, señaló..

A partir del vínculo entre palabra impresa y resonancia, Quintanar Basurto - uno de los mayores expertos en el tema-, propuso entender estos objetos como testimonios en los que convergen escritura, técnica, devoción y herencia colectiva. 

Con más de 800 piezas documentadas en México, el historiador explicó que sus inscripciones, nombres, fechas y títulos aportan información de expresiones culturales. Sin embargo, su lectura suele dificultarse por el deterioro, la acumulación de suciedad o su ubicación en torres de acceso complicado.

Aunado a que, antes de la estandarización de la escritura, eran comunes las variaciones ortográficas y las letras faltantes. Los fundidores utilizaban tipos móviles semejantes a los de la imprenta y, ante la ausencia de algún carácter, improvisaban soluciones tipográficas. “El cerebro completa lo que falta”, detalló.

La charla profundizó en el alcance sonoro y político de estas piezas de bronce. La altura de las torres respondía a una lógica de competencia: a mayor elevación, más propagación del sonido. Bajo ese principio, la Catedral Metropolitana en la capital de México buscó imponer su presencia sonora sobre el valle con piezas de gran tamaño colocadas a más de 50 metros.

Más allá de los aspectos técnicos, el investigador insistió en el carácter humano de este patrimonio. “No estamos viendo campanas, estamos viendo personas”, afirmó, al advertir que detrás de cada una existen comunidades que las hicieron posibles y les otorgaron sentido con el transcurso de los años.

Aclaró que leyendas como la que atribuye a los ángeles la colocación de ejemplares en la Catedral de Puebla forman parte de sistemas simbólicos que permitieron explicar lo desconocido y construir relatos sobre el pasado.

Reflexionó acerca de la transformación del paisaje acústico. “Antes no controlabas el tiempo, controlabas el ritmo de la vida”, dijo al referirse a la pérdida de centralidad de estos toques frente a las tecnologías contemporáneas.

En cuanto a su conservación, advirtió que numerosos objetos desaparecen por falta de registro, intervenciones inadecuadas o daños estructurales, agravados por sismos como el ocurrido en 2017. En varios casos, los colapsos se relacionaron con modificaciones previas que debilitaron las partes altas de los templos.

Al cierre, Hernández García subrayó la importancia de preservar este legado como parte de una tradición viva que reúne conocimiento, práctica y comunidad.

Añadió que su cuidado exige fortalecer la transmisión de saberes y vincular a las nuevas generaciones con esta herencia, a fin de que estos instrumentos permanezcan como una parte activa del pasado compartido.

Antigua campana de bronce suspendida con cadenas en un nicho de piedra de textura rústica.

Una postal aparte: campanas alrededor del mundo

Las campanas no son exclusivas de un paisaje; son una lengua universal. En España, su valor es tal que el toque manual de campanas ha sido reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Este arte, que exige destreza física y conocimiento de los ritmos tradicionales, es un testimonio vivo que sobrevive en pueblos y ciudades, manteniendo un diálogo sonoro con la historia.

Si miramos más allá, el mundo ofrece una diversidad fascinante: desde el profundo y espiritual sonido de las campanas de bronce en los templos budistas de Asia —diseñadas para la meditación y el sosiego— hasta los carillones del norte de Europa, capaces de interpretar complejas melodías sobre los tejados de las ciudades. Cada región ha moldeado sus bronces según su propia cultura, convirtiendo el repique en un mapa acústico que, aunque diverso en forma, sigue cumpliendo la misma función esencial: marcar el tiempo, convocar a la comunidad y recordar, a quien escuche, que la historia sigue sonando.